Este artículo nace de una reflexión muy personal sobre cómo entiendo hoy los conflictos y por qué la idea de justicia que tenía a los 18 años ya no es la misma.
De pequeña viví lo que yo consideraba injusticias, en soledad y en silencio.
Recuerdo pensar que algún día defendería a muchos niños. Me encantaba la serie de Ally McBeal, aunque nunca pensé en voz alta en ser abogada. De siempre me han interesado y he experimentado muchos aspectos de la vida: los creativos y los científicos, los profundos y los superficiales, los analíticos y los intuitivos y sutiles. Siempre he creído que son complementarios, que no se trata de elegir uno y rechazar el otro.
Hace poco me acordé de esa serie que vi hace unos 23 o 25 años y me vi reflejada en algunos aspectos. Con la perspectiva que dan las vivencias, he ido entendiendo algo que tardé tiempo en ver: que forzar, empujar, querer ganar, ya sea desde la posición de víctima por la injusticia vivida o desde la de verdugo, no resuelve nada. El conflicto, en lugar de disolverse, se enquista y perpetúa, simplemente cambiando de forma.
Hoy lo veo también en mis casos como abogada y mediadora. El problema casi nunca es jurídico. Es que alguien necesita tener el 100% de la razón sin asumir el 100% de su propia vida. Y ese 100% de razón casi nunca existe.
A veces lo que necesitamos escuchar escuece mucho más que lo que queremos escuchar. Y, precisamente por eso, es lo que más puede hacernos cambiar. Con el tiempo he aprendido a distinguir muy bien entre una crítica hacia mi forma de vivir o de ser, que en realidad es envidia o juicio envuelto en consejo, y las palabras de honestidad real, que llegan de forma natural e inesperada, o cuando decido preguntarle a alguien de mi círculo más íntimo.
La justicia que busco hoy no tiene nada que ver con la que perseguía a los 18 años, cuando quería cambiar el mundo, lo de fuera, para que se acomodase a lo que yo consideraba correcto y benévolo. Hoy es más pequeña, más honesta, más real. Y quizás ya no aspiro a cambiar nada, sino a ver qué puedo aprender de cada situación. La paradoja es que solo así las cosas se van transformando de forma natural y progresiva, sin caminos fáciles, pero con cambios reales y palpables.
De la otra forma, en mi experiencia y en lo que veo en mis clientes, todo se convierte en batallas interminables por querer tener la razón. Y aunque un juez te la conceda, te quedas con ganas de más, porque no has resuelto lo que había que resolver en el lugar correcto.
No se trata, por tanto, de no hacer nada. Se trata de actuar desde la claridad y la firmeza interna, y no desde la reactividad ante lo que pase fuera o ante lo que nos diga un tercero. Porque desafíos vamos a tener siempre. Si no los tenemos, supongo que ya estaremos muertos.
Quizás por eso hoy entiendo el Derecho de una forma distinta. Ya no lo veo solo como un conjunto de normas para ganar o perder un procedimiento, sino como una herramienta para ayudar a las personas a comprender mejor el conflicto que están viviendo y decidir, con mayor claridad, cómo quieren atravesarlo.

