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Renault 5, un viaje que trasciende el tiempo

Una historia sobre memoria, familia y nuevos comienzos.

Siempre recordaré el suave rugido del motor de nuestro viejo Renault 5 y el aroma a gasolina mezclado con nuestras risas mientras mis dos hermanos y yo nos acomodábamos en los asientos traseros.

Aquella tarde de verano de 1995, durante nuestro habitual viaje a la costa, encontré refugio, como tantas veces, en aquel preciado automóvil. No faltaban también los enfados y las rivalidades entre nosotros. Yo solía quejarme, ya que, al ser la más pequeña, siempre me tocaba el asiento del medio. Sin embargo, el berrinche duraba poco; sabía que me serviría de poco y prefería disfrutar de las aventuras que cada viaje traía consigo. ¡Qué recuerdos! ¡Cuánto lo extraño!

Rememoro de manera especial aquel caluroso día, pues mi padre nos narró historias de su vida, incluyendo cómo el Renault 5 llegó a formar parte de nuestra familia. Según nos contaba, el abuelo se lo había regalado en su 18 cumpleaños. Mientras tanto, mi madre nos agasajaba con empanadas caseras, preparadas con amor y guardadas en su habitual cesta de mimbre. Nosotros devorábamos esas delicias mientras escuchábamos con atención las anécdotas de mi padre.


El Renault 5 se deslizaba generosamente por las carreteras de España, transportándonos esta vez rumbo al mar.

Con solo siete años, el mundo era un lugar lleno de maravillas para mí: el olor a campo entraba por las ventanillas abiertas y se mezclaba con la brisa salada que
prometía cálidos días de playa. Mis hermanos y yo, sentados en la parte trasera, reíamos y competíamos por ser los primeros en oler el mar, incluso a kilómetros Renault 5, un viaje que trasciende el tiempo de distancia. Nuestra imaginación no tenía límites y, por suerte, tampoco
nuestros sueños.

La sensación de libertad me envolvía cada vez que pasábamos de frondosos bosques de pinos a amplios campos de girasoles, hasta llegar a la costa, donde el calor se transformaba en frescura. El Renault 5, con su interior acogedor, se convertía en nuestro refugio, en nuestro “Explorador». Aquellas excursiones eran más que simples trayectos; eran momentos de unión familiar, donde cada kilómetro recorrido se llenaba de anécdotas y sueños compartidos. Sin embargo, la vida, con sus giros inesperados, nos llevó por caminos distintos.

Todo comenzó con la muerte de papá en el año 2000.

Aunque pasamos años bajo el mismo techo tras su partida, la ausencia se adueñó de nosotros y la desarmonía reinó en casa. Él siempre había sido nuestro punto de encuentro, y al irse dejó un vacío que cada uno trató de llenar a su manera. Vimos desvanecerse nuestros sueños familiares. Mamá, siempre presente y abnegada, se volvió distante emocionalmente, sin proporcionarnos el calor y la cercanía que una vez disfrutamos. Desde entonces, las preciadas aventuras a bordo de nuestro amado “Explorador” se acabaron. Durante mucho tiempo, recordé aquellos días en los que compartíamos aventuras sin preocupaciones, hasta que, poco a poco, incluso mis recuerdos empezaron a desvanecerse. Los encuentros en familia se volvieron cada vez más escasos y las conversaciones se convirtieron en intercambios vacíos de palabras.

A medida que crecimos, las responsabilidades comenzaron a distanciarnos aún más.

Actualmente mamá ya es mayor y mis hermanos ambos han formado sus familias con hijos. De vez en cuando nos reunimos en el campo familiar y a veces nos sentamos junto al árbol donde se esparcieron las cenizas de papá. Muy cerca, en el garaje de la casa del campo continúa también aquel viejo “Explorador”. Desde entonces, nadie ha vuelto a usarlo.
Pero hoy, casi 30 años después, estando todos juntos en el campo familiar, la nostalgia me envuelve al recordar aquellos días. Al vernos, las emociones afloran: lágrimas, risas y abrazos. Recordamos nuestras aventuras infantiles y cómo el “Explorador” nos había unido. Me doy cuenta de cuánto los he echado de menos.

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Junto a nosotros, reposan bajo un árbol las cenizas de papá y, cerca el viejo “Explorador”, que nos inspiró tantas veces a dejar volar nuestra imaginación. Surgen confidencias y, en un momento de alegría, surge la idea de reparar juntos aquel antiguo y magnífico Renault 5. A mi hermano mayor le entusiasma especialmente la idea y los tres nos comprometemos a hacerlo. Mamá se ofrece a prepararnos empanadas los días que nos dediquemos a ello. Pero hay más: mi hermano mayor nos cuenta emocionado que hoy llegó al campo en su nuevo Renault 5 eléctrico, al que ha llamado “Aventurero”, estacionado justo en la entrada.


Parece que el Renault 5 no solo ha sido un símbolo de unión, sino que ahora también representa cómo, como familia, podemos adaptarnos y evolucionar con el paso del tiempo. El viejo “Explorador” evoca en nosotros que, en el fondo de nuestros corazones, el amor y los recuerdos de aquellos días de verano siempre permanecerán. Y ahora, el “Aventurero” nos recuerda que los sueños siempre pueden hacerse realidad.

Con el deseo de honrar a papá y revivir aquellos días de verano, decidimos embarcarnos los cuatro en un viaje rumbo al mar. Hoy, es el “Explorador” el que nos guía en la creación de nuevos momentos que atesoraremos para siempre.

— Ángela Ruz

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